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Artista y su obra no son como el agua y el aceite.

Por: María Angélica Pombo Acuña*

Una de las cosas que más me gusta hacer es sumergirme en el cine. Desde muy pequeña he consumido de manera fervorosa este arte que es un hogar lleno de recuerdos en algunos casos. Descubrir nuevas cosas para ver se convirtió algo así como en un deporte, y a medida que fui creciendo empecé a conocer más y más sobre la conexión del séptimo arte con la realidad y su impacto en nuestras vidas.

Poco a poco, me interesó también conocer quiénes eran las personas detrás de esas obras. Saber quién había dirigido Rosemary’s Baby (Roman Polanski, 1968), una película que me hizo cerrar los ojos del terror en el momento en que la vi por primera vez, o quién había hecho obras tan exquisitas como Manhattan (Woody Allen, 1979), Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008) y Midnight in Paris (Woody Allen, 2011), o quién era la persona detrás de The Dreamers (Bernardo Bertolucci, 2003) y The Last Emperor (Bernardo Bertolucci, 1987).

Estas, por nombrar algunas de esas películas que me habían fascinado y se habían quedado en mi mente y corazón, ya fuera por sus historias, su fotografía, su música o cualquier otro elemento con el que conectara y me hubiera generado una emoción. Esas emociones fueron completamente contrarias cuando empecé a reconocer el poder de cuestionarme y tener una perspectiva crítica sobre lo que consumía, porque sí, cuestionarnos es difícil y aún más cuando es algo que nos gusta y en lo que encontramos cierto placer.

Pero esos cuestionamientos no llegaron solos. Uno de los más fuertes (personalmente) fue el de si se debía separar al artista de la obra. En un principio esto generó muchos interrogantes en mí. ¿Debo dejar de consumir esto?, ¿cómo hago para tener una visión crítica sobre esta situación?, y así, muchas más preguntas que rondaban en mi mente, las cuales me hacían seguir cuestionándome más cosas frente a las que no encontraba respuestas y todo se convertía en un vaivén de pensamientos.

Pasaron muchos acontecimientos que me permitieron llegar al punto en el que me encuentro ahora y me brindaron diferentes argumentos, perspectivas y conversaciones internas donde cada vez que creía que tenía una posición definida, esta se desmoronaba y, a partir de las palabras sueltas empezaba a formular nuevas ideas para llegar a un punto final.

Esto lo escribo como una reafirmación de eso que he podido construir con el tiempo y de la manera más crítica posible. Desde mi punto de vista no se puede separar al artista de su obra, es incluso contradictorio sugerir una diferenciación. Sin artista no habría obra, y para que la obra se realice es necesario que exista su autor o autora, es decir, la una no se puede dar sin la otra.

Luego, al consumir una obra estamos también auspiciando a la persona que la hizo, porque toda obra es resultado del ingenio, el trabajo, el tiempo y la inspiración del artista, y del mismo modo, el artista se lucra pecuniaria y moralmente de esa obra. En ese sentido, podemos ver el reflejo del artista a través de las representaciones que hace. La obra es el producto de las vivencias y emociones de alguien, plasmadas de determinada forma y bajo cierta estética.

Hay algo en lo que creo fielmente y es que para hacernos escuchar no podemos quedarnos en la comodidad del silencio. El no opinar, criticar y reprochar lo que consumimos sólo permite que se sigan legitimando actos abusivos y misóginos en la clandestinidad, además de crear un ambiente de protección para quien acosa, abusa y amenaza. El reproche social y mediático es necesario e imperativo.

Un día antes de escribir esta breve columna, leí el reportaje realizado por Catalina Ruiz-Navarro y Matilde de los Milagros Londoño para la revista feminista Volcánica, sobre las denuncias al director colombiano Ciro Guerra. Leyendo los testimonios y la información reunida en el reportaje, sentí un apretón en el estómago y un vaivén de sentimientos al saber que a esa lista de películas dirigidas por abusadores también entrarían El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015) y Pájaros de verano (Ciro Guerra, 2018). Y entrarán todas las necesarias si con eso logramos una industria segura para las mujeres.

*María Angélica Pombo Acuña es estudiante de Derecho de la Universidad del Norte. Editora de la Revista Actualidad Jurídica (Universidad del Norte).

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