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Crónicas detrás de la pandemia.

Por: Pablo Andrés Hernández Castilla

Todo empezó el 20 de marzo por la noche cuando el presidente Iván Duque en su alocución presidencial anunciaba la cuarentena en todo el territorio nacional. La señora Olga Martínez estaba en su casa con sus tres hijos y su esposo, el señor Santiago Mercado. Hasta la fecha eran incrédulos de lo que sucedía con el coronavirus, veían lejano que un virus que empezó en otro continente tocara la puerta de su casa. Al acostarse, se preguntaban con cierta preocupación cómo iban a hacer con la alimentación si los encerraban. Al día siguiente, el señor Santiago, quien es trabajador informal y se dedica a vender accesorios de celulares en la plaza principal del municipio, salió muy temprano a trabajar. Con mucha zozobra, expresa el señor Santiago, enfrenta lo que se avecina con el confinamiento.

El lunes 23 de marzo la señora Olga, quien era empleada de una pequeña empresa textil, se dirige hacia su lugar de trabajo que está a 20 minutos del municipio. Con la natural incertidumbre de lo que sucederá con su empleo, llega a la empresa. Nota a sus compañeras conversando sobre la cuarentena, todas con cara de preocupación. “¿Nos irán a sacar a todas? ¿Ese virus si es verdad?”, se escuchaba en los pasillos.

Al finalizar la jornada, el gerente de la empresa se dirige a los empleados y les manifiesta, con mucha incredulidad y sin saber con precisión la extensión de la cuarentena, que a partir de mañana 24 de marzo se podían ir a sus casas tranquilas con su sueldo asegurado. La señora Olga de regreso a su casa, contenta por la noticia, sin tener certeza de lo que se avecina, cree que nada malo podría suceder.

Semanas después de haber empezado la cuarentena la familia Mercado Martínez comenzó a experimentar los primeros estragos del confinamiento. Su hijo mayor, Daniel, estudiante de ingeniería industrial, no cuenta con internet de calidad que le permita acceder a sus clases virtuales. “Esta situación me ha puesto en desventaja con mis compañeros, nunca he podido entregar un trabajo a tiempo”, manifiesta con impotencia. En estos tiempos la educación virtual ha sido un reto enorme, ni las instituciones educativas, ni los profesores, mucho menos los estudiantes, estaban preparados para afrontar esto.

La situación económica en la casa comenzaba a complicarse, se terminaba la primera etapa del confinamiento y ya el presidente anunciaba la extensión de la cuarentena. El señor Santiago preocupado por esto, comienza a entrar en constantes episodios de ansiedad. Hace más de un mes no lleva sustento a su hogar. Sumado a eso, la señora Olga para mediados del mes de abril ya percibía una reducción en su salario. La alacena cada vez tenía menos alimentos, el mercadito se estaba acabando. Con cierto entusiasmo la señora Olga animaba a su familia, amparada en la fe, decía que la provisión no faltaría. 

Como si fuera poco, para finales de abril el gerente de la empresa se comunica con la señora Olga, a quien le informa que lamentablemente tiene que despedir. Ante la negativa del banco para otorgar un crédito, la empresa se vio en la obligación de salir de sus empleados, a estas alturas del confinamiento es insostenible mantener a la totalidad de los empleados.

Ante la situación y sin medir riesgos, el señor Santiago con el desespero de conseguir dinero decide salir y abrir su puesto en la plaza. Al final del día se da cuenta que fue una mala idea, no tuvo una sola venta. Nadie se asomaba por la plaza. Unos días después, de manera inesperada, el señor Santiago comienza a sentir complicaciones, vómito, fiebre, dolor de cabeza y dificultad para respirar. Decidió ir al centro de salud a realizarse la prueba. La preocupación agobiaba al señor Santiago. Persisten los síntomas, decide aislarse en casa. Ante la posibilidad de ser positivo para Covid-19, sus episodios de ansiedad empeoran. Semanas después el señor Santiago es notificado que es positivo para Covid-19. Para ellos, todo parece oscuro, indudablemente, el señor Santiago entra en depresión.

La situación se comienza a agravar, no sólo para la familia sino para todo el barrio. En muchas casas ya se ven los trapos rojos guindando, como manifestación de necesidad. A la fecha, ninguno de los vecinos había salido beneficiado de las ayudas sociales del gobierno. Manifiesta la señora Olga con algo de rabia, “mira los políticos, el año pasado venían por el voto, y hoy ni una ayudita traen.”

El inconformismo era generalizado. A este punto les preocupaba más morirse de hambre que contagiarse. “Aquí todo está tan complicado que para salir nos toca compartir el tapaboca”. “No sé qué va a pasar con nosotros de aquí en adelante. Hemos escuchado que nos toca reinventarnos, pero por ahora nos toca sobrevivir”, manifiesta la señora Olga con lágrimas en los ojos.

Este es el panorama de millones de colombianos y miles de contagiados. Esta es la cotidianidad de aquellos que son vulnerables socialmente. Estas son las historias que están detrás de las estadísticas, de cualquier proyección macroeconómica o social. La sobrevivencia en estos tiempos es más común que la reinvención.

*Pablo Hernández es estudiante de octavo semestre de Ciencia Política. Sus temas de interés son las políticas públicas, la administración pública y los temas de actualidad nacional.

Twitter: @Pablohdz94, Facebook.com/PabloAndresHernández, Instagram: @Pablohernandez790

La imagen de esta nota fue tomada del portal de cuartoscuro.com

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