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La politización que Colombia merece.

Por: Nicolas Alexander Beckmann*

Cuando viajé a Colombia por primera vez en 2015, no pude evitar enamorarme a primera vista de este país. Más que sus montañas mágicas, los bosques tropicales, los colores, olores y sabores estimulantes, me impactó el cariño de su gente. A pesar de décadas de violencia y las múltiples dificultades económicas y sociales, los colombianos no dejan de sonreír y disfrutar las pequeñas cosas de la vida.

No obstante, algo particular en los colombianos me inquietaba hasta mucho tiempo después de mi primer viaje: nunca había conocido a una sociedad que tenía tan poca fe en la capacidad propia de cambiar el rumbo de su país. Por una parte, escuché numerosas quejas sobre los altísimos costos de la educación, la corrupción, la violencia estatal, e incluso numerosas acusaciones sobre cómo las élites locales dividían los puestos políticos entre sus filas. Por otra parte, la creencia en la posibilidad de un país mejor fue casi nula.

Además, sentí una fuerte desconexión entre los procesos de formulación de nuevas leyes y políticas públicas y las preocupaciones de la sociedad. Es decir, a pesar del diálogo de paz, los debates en el Congreso tenían poco que ver con las necesidades básicas de un país altamente desigual. También, la sociedad en general parecía tener muy poco interés sobre lo que se debatía en el Congreso.

Todo esto se reflejó en las campañas electores de aquella época, cuyos candidatos apelaron más a valores e identidades (honesto, firme, sincero, animalista, libertad, mano dura, etc.) en vez de propuestas políticas concretas. Fue particularmente fuerte el contraste con mi experiencia de vivir cuatro años en Argentina, donde los y las jóvenes de diferentes colores políticos marchan constantemente con una fuerte dosis de utopismo, y donde grandes partes de la sociedad están al tanto del proceso político. En comparación, Colombia parecía una sociedad apolítica.

Un país diferente.

Hoy la situación del país es diferente. El Paro Nacional y las constantes movilizaciones de diversos sectores no solo revitalizaron la fe en la acción colectiva y generaron unas nuevas visiones del país, sino que también impulsaron un nivel de politización que nunca había visto en esta sociedad. Hoy en día, nadie está ajeno del proceso político que conmueve al país. El Paro es el tema de conversación en las oficinas, los cafés y los bares, los buses, las plazas de los pueblos y los rincones de las ciudades.

Mientras que mucha gente no está de acuerdo con varios objetivos que se expresaron en las marchas, o ciertas formas de protestar y expresar descontento, nadie se puede escapar de las discusiones acerca de los temas que promueven las manifestaciones. En mi opinión, esta nueva politización es lo que necesita Colombia en este momento.

Viviendo en Medellín por casi un año he experimentado de forma directa los desafíos que enfrenta el país. Casi a diario veo agresiones y actos de violencia, especialmente contra las mujeres. Experimento los problemas de tránsito, me quejo por la ineficiencia de la burocracia, sufro con mi esposa por sus horarios laborales, el mal pago y los altos costos de un posgrado, y comparto la frustración de mis amigos con títulos universitarios que no encuentran un empleo estable.

Mi experiencia, como papá de un niño de 12 años, también me dio la oportunidad de conocer las dificultades que enfrentan las escuelas públicas. Estos establecimientos no solo tienen que transmitir conocimientos y competencias sino que también brindan apoyo moral y psicológico a los niños que crecen en un entorno social y familiar inestable, y todo esto con muy escasos recursos.

Los desafíos que enfrenta Colombia requieren planificación estratégica de largo plazo que debe ir mucho más allá del diseño de unas políticas públicas puntuales para atacar los efectos y no las raíces de los problemas. Aunque es cierto que la actual ola de protestas no garantiza que eso suceda, ha creado unos fuertes incentivos para que el actual gobierno abandone su postura de defender el status quo. Además, me alegra profundamente que diversos sectores del país hayan logrado unirse para luchar por un país más justo. Al igual que muchos colombianos, sueño con un país mejor y este sueño permanecerá con nosotros por mucho tiempo.

* Nicolas es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Bolivariana en Medellín. Después de formarse en Alemania, Argentina y Estados Unidos vive felizmente en el municipio de Envigado con su familia paisa. Es Doctor en Relaciones Internacionales de Florida International University.

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