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La semana del populismo


Por: Marlon Barros Herrera*

En estos días se ha vuelto lugar común llamar “virus” a cada mal que nos rodea: “el virus de la corrupción”, “el virus de la falta de cultura ciudadana”, “el virus de la apatía”, “el virus del racismo”, etcétera. En este preciso momento voy a caer en las garras del cliché, solo para mencionar algunos momentos curiosos que contagiaron a Colombia estos últimos días.

En una misma semana se habló de regreso al fútbol, retorno a las iglesias, liberación de algunos secuestrados en acciones humanitarias, posible retorno de gimnasios en julio, disminución de cultivos de coca, cadena perpetua y día sin IVA. Qué ocupada ha de estar la mente de los ciudadanos, esperando más agujas de buenas noticias en un pajar de trance copioso.

El jueves, 18 de junio, la prensa colaboraba con el Legislativo y la Presidencia al hablar de un día histórico. El Congreso decidió, después de trece años, honrar la memoria de Gilma Jiménez en una votación señalada por inconstitucionalidad, inviabilidad, vicios de procedimiento, entre otros. La posibilidad de enviar con perpetuidad a la cárcel a verdugos de menores se volvió realidad. Una a medias, por el momento, pero realidad, a fin de cuentas. El Estado de Opinión se impuso frente al Estado de Derecho, sacudiendo la memoria rabiosa colombiana, tanto como a sus anhelos de castigo y tortura contra los más viles pecadores (entiéndase “más viles” como “aquellos que pecan diferente en comparación conmigo”).

Entonces se permitió continuar por el camino de la fracasada política de garrote, al tiempo que se tiraba por la borda cualquier anhelo de una política real de prevención, hasta ahora prácticamente inexistente. Mientras tanto, las redes sociales se llenaban de patriotas orgullosos, pues para ellos esta legislatura por fin estaba haciendo su trabajo, permitiendo que los infantes ganaran una batalla que llevan luchando siglos. Qué equivocados. De todos modos, no es inusual observar compatriotas loando y encomiando los momentos claves en los que se instrumentalizan los mayores problemas del país para calar entre sus más pronunciadas emociones.

Y es que ahora interiorizarán esa falsa percepción de justicia. Pero mañana, cuando exista —si llega a consumarse— la posibilidad del encierro de por vida para esos monstruos, y vean que la lentitud de la institucionalidad no se ha superado, entonces quizás, solo quizás, entenderán que la demagogia nunca ha sido la salida.

Luego llegó la solución a todos los males económicos del país durante la pandemia. Por fin los vociferantes y emotivos anuncios del Gobierno, que le sirvieron como publicidad gratuita a las grandes cadenas, aterrizaron en un jovial día sin IVA cuyo objetivo era, por supuesto, mostrar lo apasionados que pueden ser los colombianos para contribuir al fortalecimiento de la economía en tiempos de crisis. El Black Friday en tiempos de pandemia (otro lugar común), pero no por las ofertas, sino por el luto nacional que estamos próximos a guardar.

El panorama divisado fue anonadante. Interminables filas irrespetaron el distanciamiento —aunque muchas veces ni siquiera las había—, el control de las autoridades estaba ausente, la fácil manipulación colombiana le agradeció al consumismo y al afán de aprovechar ofertas casi inexistentes. La vergonzosa idiosincrasia colombiana avasalló con creces a las más básicas medidas que garantizaban progreso en el manejo de la pandemia. Ni hubo suficiente pedagogía previa ni se prestó atención a las denuncias por incremento controvertido de precios. El desenlace —elemental—: caos.

El virus del populismo trae caos. El intento de buscar aprobación y réditos, a partir de jugar con las ilusiones de un pueblo, termina desencadenando catástrofes mayores de las que se dice querer evitar. Y el mayor resultado aún no llega, sino que será visible cuando los ciudadanos lleguen a un pico de indignación: cuando la cadena perpetua seguramente no pase el examen constitucional en la Corte y cuando las cifras de contagio de esta semana aparezcan disparadas al máximo los próximos días. Entonces empezaremos a señalar culpables, sin aceptar que la ignorancia masiva nos convierte en nuestros propios victimarios.

*Marlon Camilo Barros Herrera es estudiante de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad del Norte, y de Derecho en la Universidad del Atlántico. Ocasionalmente es escritor sobre temas coyunturales.

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