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Vivir fuera de Colombia

“Porque ser joven en Colombia es difícil, y el Paro Nacional ha demostrado que cientos de miles de jóvenes, en todo el país, no han tenido suerte, y han tenido que aguantarse una vida no digna”.

Por: Franklin Martínez Martínez*

Cuando empecé a estudiar ciencia política en la Universidad del Norte, a principios del año 2013, la profesora Alexandra García, de la clase de Introducción a la Ciencia Política, nos preguntó por qué elegimos estudiar la carrera. Las respuestas, sobre todo en esta universidad, privada, eran bastante comunes: algunos habían tenido interés en las ciencias sociales y la carrera presentaba una forma de entrar en este mundo; otros querían ayudar al prójimo y aportar al país; otros citaban frases de Winston Churchill para justificar su decisión; otros venían de familia política, y querían seguirle los pasos a sus patriarcas.

Cuando me tocó mi turno, fui honesto y dije la verdad: yo quería estudiar antropología en la Universidad Nacional, pero mi familia no tenía dinero para mandarme a estudiar a Bogotá, ni mucho menos para sostenerme allá. No había (ni hay) programa de antropología en la Universidad del Atlántico – y mi familia, en la situación económica que teníamos en ese tiempo, no tenía suficiente para comprarme el PIN de inscripción a la universidad. Así que inscribirme y aplicar en la Universidad del Norte fue más que lógico: era la única forma que tenía para sobrevivir estudiando, que es lo único que he sabido hacer.

Yo tuve suerte. Pasé a la universidad, comencé a estudiar con una beca. Sobreviví. Pero cientos de miles más no lograron hacerlo – y aún si hubieran querido hacer otro tipo de actividad, muy seguramente no lo habrían logrado. Porque ser joven en Colombia es difícil, y el Paro Nacional ha demostrado que cientos de miles de jóvenes, en todo el país, no han tenido suerte, y han tenido que aguantarse una vida no digna, difícil, en que despertarse e ir a la universidad o al colegio, trabajar, comer, dormir, y sentirse bien, son actividades mutuamente excluyentes.

Enfrentados ante la posibilidad de salir del país, muchos decidimos hacerlo y buscar un mejor lugar para vivir. Y al llegar a ese lugar, nos encontramos con que nunca dejamos el país. Extrañamos los sabores, los olores, los colores. Los soles y lunas de acá no son los mismos que hay en Colombia. La gente es diferente. El lenguaje de la tierra no es el mismo. Ponemos programas de televisión colombianos para sentirse uno en la sala de la casa, viendo televisión con la familia; trata uno de recrear los platos típicos – un patacón, siquiera – pero ni eso sabe a lo mismo. Cuando uno encuentra alguien que habla español, la sorpresa y la alegría son inmensas: la personalidad propia de uno vuelve, se manifiesta, y le devuelve a uno un poco de quien uno es, en español, sin tartamudeos ni vueltas alrededor de la misma idea tratando de explicarse.

La esperanza de volver.

Sonará egoísta, pero el Paro Nacional es quizá la única esperanza real que tengo de volver pronto a Colombia. En este momento, el Paro está sacando uno a uno los problemas de fondo que tiene el país, poniéndolos en la calle, sacando el lado político de cada persona y haciéndolos enfrentar la pregunta que nos debimos preguntar siempre: ¿cómo hacemos para vivir en sociedad? Y he ahí donde yace la esperanza. Si en Colombia hay seguridad, yo vuelvo. Si se puede trabajar, yo vuelvo. Si se puede estudiar, investigar, leer, yo vuelvo. Si se puede vivir, yo vuelvo.

Sé que no estoy solo al decir que muchos no queremos estar fuera del país: estamos fuera porque no tenemos otra opción. Desde la diáspora colombiana en Suecia, sé que no estoy solo al decir que apoyamos el Paro Nacional, y que desde cada rincón frío, oscuro y monótono, elevamos nuestros cantos y soñamos con un país en que todos podamos vivir.

El Paro Nacional es, sin lugar a dudas, la oportunidad histórica que, en más de 200 años de república, no hemos tenido: es la oportunidad de hablar sobre quiénes somos, qué queremos, y cómo hacemos para lograrlo. Y desde fuera, es quizá la oportunidad de dejar de sentirnos como impostores en nuestra casa, y de volver y retomar aquellos temas de los que no hemos podido hablar. Es quizá, si el Gobierno Nacional escucha, la forma de evitar que más personas se exilien fuera del país. Cuántas ideas han tenido que ser abandonadas porque no era seguro. Cuántas palabras no se han escrito porque lo pueden matar a uno. Cuánta creatividad se ha ido porque no es posible vivir del arte. El Paro Nacional es, finalmente, la oportunidad que tenemos de vivir.

* Estudiante de Maestría en Historia Ambiental en la Universidad de Uppsala, Suecia. Miembro del Colectivo de Pensamiento e InterAcción. Politólogo con énfasis en Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad del Norte. Coordinador de curso en CEMUS – Centrum för Miljö och Utvecklingsstudier. 

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